Al que nos ama y nos libertó
Apocalipsis 1:4–8
Introducción
Vivimos en un mundo donde las circunstancias, los gobiernos, las relaciones y nuestros propios planes cambian constantemente. En medio de esa inestabilidad surgen preguntas importantes: ¿dónde puede encontrar paz el creyente?, ¿sobre qué puede construir una identidad firme? y ¿qué esperanza puede sostenerlo ante un futuro incierto?
Antes de presentar las grandes visiones de Apocalipsis, Dios dirige nuestra mirada hacia verdades fundamentales. Este pasaje nos enseña que nuestra paz proviene del Dios trino, nuestra identidad descansa en la obra de Jesucristo y nuestra esperanza está asegurada por la promesa de Su regreso.
1. La fuente de nuestra paz: el Dios trino
Apocalipsis 1:4–5a
Juan dirige esta revelación a siete iglesias históricas ubicadas en Asia. Sin embargo, el número siete también comunica plenitud, por lo que su mensaje alcanza a la iglesia de Jesucristo en todas las épocas.
A estas congregaciones, que enfrentaban oposición, sufrimiento y la presión de una cultura pagana, Juan les anuncia gracia y paz. Esta bendición procede del Dios trino: del Padre eterno, “el que es, que era y que ha de venir”; del Espíritu Santo en la plenitud de Su obra; y de Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de los muertos y el soberano de los reyes de la tierra.
La paz del creyente no depende de que desaparezcan las dificultades ni de que todo suceda como espera. Descansa en el Dios eterno que no cambia, en el Espíritu que permanece con Su pueblo y en Jesucristo, quien gobierna sobre toda autoridad. Las circunstancias pueden cambiar, pero nuestro Dios permanece fiel.
2. El fundamento de nuestra identidad: la obra de Cristo
Apocalipsis 1:5b–6
Juan dirige después nuestra atención hacia lo que Jesucristo ha hecho por Su pueblo. Cristo nos ama en el presente y manifestó ese amor al libertarnos de nuestros pecados mediante Su sangre. Su muerte en la cruz pagó completamente la deuda que nosotros no podíamos pagar y quebrantó el dominio del pecado sobre nuestra vida.
Pero Cristo no solamente nos libertó; también nos concedió una identidad nueva. Hizo de nosotros un reino y sacerdotes para Dios. Por medio de Él tenemos acceso a la presencia del Padre y podemos ofrecer nuestra vida, adoración, obediencia y servicio como sacrificios espirituales agradables.
Nuestra identidad no se encuentra en nuestros logros, fracasos, pecados pasados ni en la opinión de los demás. Está fundamentada en la obra perfecta de Cristo. Él nos ama, nos libertó con Su sangre y nos hizo pertenecer al pueblo de Dios. Por eso, toda la gloria y todo el dominio le corresponden para siempre.
3. La certeza de nuestra esperanza: la venida del Señor
Apocalipsis 1:7–8
El Cristo que vino, murió, resucitó y reina es también el Cristo que regresará. Juan declara con absoluta certeza: “Él viene con las nubes”. Su venida será gloriosa, visible y universal; todo ojo lo verá.
Para quienes pertenecen a Cristo, Su regreso será el cumplimiento de nuestra esperanza. Veremos finalmente a nuestro Salvador y contemplaremos la consumación de Su reino. Para quienes continúen rechazándolo, será el día en que comparecerán ante Él como Rey y Juez.
El Padre mismo confirma esta promesa al presentarse como el Alfa y la Omega, el eterno y el Todopoderoso. Toda la historia se encuentra bajo Su gobierno y ningún poder puede impedir el cumplimiento de Sus propósitos. La historia no terminará con el triunfo del mal, sino con la manifestación gloriosa de Jesucristo.
Reflexión final
Este pasaje nos llama a no colocar nuestra paz en las circunstancias, nuestra identidad en lo que el mundo dice de nosotros ni nuestra esperanza en las cosas temporales. El creyente puede perseverar porque conoce al Dios trino, descansa en la obra suficiente de Cristo y espera con confianza Su regreso.
Y para quien todavía no ha venido a Cristo, permanece abierta la invitación del evangelio. El mismo Jesús que regresará como Rey y Juez ofrece hoy gracia, paz y perdón a todo aquel que se arrepiente y cree en Él. Por eso, la respuesta de la iglesia sigue siendo: “Sí. Amén. Ven, Señor Jesús”.
