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LAS DECISIONES DE HOY FINANCIAN EL MAÑANA

Hay decisiones que tomamos hoy y cuyos resultados no veremos sino hasta dentro de muchos años. Esto es particularmente cierto cuando hablamos de nuestras finanzas. Con frecuencia pensamos en el dinero solamente desde la necesidad inmediata: cuánto ganamos, cuánto debemos, qué necesitamos comprar o qué gasto viene el próximo mes. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar que nuestra vida financiera también tiene etapas y que cada una de ellas prepara, para bien o para mal, la que sigue.

Una persona no enfrenta las mismas decisiones financieras a los 20 años que a los 40, ni tiene las mismas responsabilidades a los 30 que a los 70. Cambian nuestros ingresos, cambian nuestras necesidades y cambian nuestras responsabilidades. Lo que no cambia es la necesidad de administrar con prudencia. Y quizá ahí está uno de nuestros mayores problemas: hemos aprendido a resolver necesidades económicas, pero no necesariamente a prepararnos para ellas.

En nuestra sociedad existe una enorme presión por disfrutar hoy y pagar mañana. Compramos antes de ahorrar, nos endeudamos antes de esperar y, en ocasiones, elevamos nuestro nivel de vida tan pronto como aumentan nuestros ingresos. El resultado es que podemos trabajar durante muchos años sin construir verdadera estabilidad financiera. No se trata de vivir con miedo al futuro ni de convertir el dinero en el centro de nuestra vida. Se trata de entender algo mucho más sencillo: cada etapa tiene una oportunidad que difícilmente podremos recuperar después.

La niñez, por ejemplo, es la etapa para comenzar a formar hábitos. A veces creemos que la educación financiera comienza cuando una persona recibe su primer sueldo. En realidad, comienza mucho antes. Comienza cuando un niño aprende que no puede tener inmediatamente todo lo que quiere; cuando entiende que las cosas cuestan; cuando descubre que detrás de aquello que disfruta existe trabajo, esfuerzo y sacrificio. Los padres no solamente administramos para nuestros hijos; también les enseñamos a administrar observándonos.

Esto debería llevarnos a preguntarnos qué relación con el dinero estamos modelando en casa. Podemos hablar mucho acerca del ahorro, pero nuestros hijos también ven nuestras compras impulsivas. Podemos decirles que deben cuidar las cosas, pero ellos observan qué hacemos nosotros con lo que tenemos. Podemos pedirles contentamiento mientras nosotros vivimos comparándonos con los demás.

Después llega la juventud, y con ella una oportunidad extraordinaria. Por primera vez existe cierta independencia, llegan los primeros ingresos y todavía no se tienen muchas de las responsabilidades económicas que aparecerán más adelante. Precisamente por eso esos años son tan importantes. El primer sueldo no solamente nos permite comprar; también nos permite comenzar a construir. El joven que aprende desde temprano a vivir por debajo de sus ingresos, ahorrar una parte de lo que recibe, evitar deudas innecesarias y seguir preparándose está tomando decisiones cuyos beneficios probablemente no alcanzará a dimensionar en ese momento.

Lo contrario también es cierto. Es posible comprometer los ingresos del futuro para mantener durante unos meses un estilo de vida que realmente no podemos pagar. Una tarjeta de crédito puede hacernos sentir durante un tiempo que tenemos una capacidad económica mayor de la que realmente tenemos. Pero tarde o temprano las cuentas llegan. Con los años llegan también el matrimonio, los hijos, una casa, la educación y muchas otras responsabilidades. Entonces descubrimos que aquellas decisiones financieras que parecían pequeñas comienzan a tener un peso mucho mayor.

En el matrimonio, además, el dinero deja de ser exclusivamente un asunto personal. Dos personas llegan con historias, costumbres y maneras diferentes de administrar. Por eso hablar de dinero dentro del hogar no debería ser motivo de vergüenza ni convertirse en una conversación que solamente tenemos cuando aparece una crisis. Una familia necesita saber cuánto tiene, cuánto debe, cuánto puede gastar y hacia dónde quiere caminar. También necesita aprender que ganar más no necesariamente resuelve un problema de administración. Es posible aumentar nuestros ingresos y continuar viviendo bajo presión financiera si cada aumento viene acompañado inmediatamente de nuevos compromisos y gastos.

Después vienen los hijos y aparece una tentación distinta: querer darles todo aquello que nosotros no tuvimos. El deseo es comprensible, pero debemos tener cuidado. Darles más cosas a nuestros hijos no necesariamente significa prepararlos mejor para la vida. Parte de nuestra responsabilidad como padres consiste también en enseñarles a esperar, trabajar, cuidar, ahorrar y entender que no todo deseo se convierte automáticamente en una necesidad. Tal vez uno de los mejores regalos financieros que podemos dar a nuestros hijos no sea una gran cantidad de dinero, sino enseñarles qué hacer con él.

Y los años siguen pasando. Los hijos crecen, comienzan su propia vida y nosotros entramos en otra etapa. En algunos casos disminuyen ciertas responsabilidades y aumenta nuestra capacidad económica. Es entonces cuando deberíamos pensar con mayor seriedad en los años en los que quizá ya no podamos trabajar con la misma intensidad. Sin embargo, muchas personas llegan a esa etapa sosteniendo todavía un nivel elevado de deuda o tratando de mantener económicamente a hijos adultos que nunca aprendieron a asumir completamente sus propias responsabilidades. Ayudar a nuestros hijos es bueno, pero crear una dependencia permanente no necesariamente lo es.

Prepararnos para la vejez tampoco debería parecernos una actitud pesimista. Envejecer, si tenemos el privilegio de hacerlo, es parte natural de la vida. Ahorrar para esos años, disminuir nuestras deudas y ajustar nuestro estilo de vida es simplemente reconocer una realidad que llegará más rápido de lo que pensamos. Quizá necesitamos recuperar una palabra que no siempre resulta atractiva cuando hablamos de dinero: prudencia. Prudencia para distinguir entre lo que queremos y lo que necesitamos; prudencia para no gastar solamente porque podemos hacerlo; prudencia para ahorrar cuando tenemos abundancia; prudencia para no convertir el crédito en una extensión de nuestro salario; prudencia para hablar de dinero en familia y prudencia para pensar no solamente en el próximo mes, sino también en los próximos veinte años.

Las finanzas saludables rara vez se construyen con una sola gran decisión. Normalmente son el resultado de muchas decisiones pequeñas tomadas correctamente durante mucho tiempo. Por eso no importa solamente cuánto dinero estamos ganando hoy. También importa qué estamos haciendo con él y para qué etapa nos estamos preparando. Cada edad trae sus propios retos, cada etapa exige ajustes y cada una nos da la oportunidad de preparar la siguiente.

Tal vez hoy sea un buen momento para preguntarnos: ¿las decisiones financieras que estoy tomando corresponden solamente a lo que quiero vivir hoy o también están preparando responsablemente el mañana? Porque el tiempo seguirá avanzando, independientemente de si nuestras finanzas están preparadas para hacerlo con nosotros.

Y si hoy estás batallando con esta área de tu vida y necesitas apoyo para poner orden, tomar decisiones y comenzar a caminar en una dirección diferente, no tienes que hacerlo solo. Estoy para caminar contigo en este proceso. Puedes ponerte en contacto conmigo en mi oficina de Consejería Bíblica al 639 176 4201. A veces, reconocer que necesitamos ayuda y buscarla es también una decisión sabia para comenzar a ordenar lo que durante mucho tiempo hemos dejado pendiente.