La semana pasada tuvimos el privilegio de recibir en nuestra congregación a mi querido amigo, el pastor Kristian Tucker, quien predicó a partir de 2 Corintios 8:1-9 bajo una verdad que ha permanecido dando vueltas en mi mente: “La gracia del evangelio mueve al corazón a la generosidad”. Lo que sigue es una meditación después de haber escuchado aquel sermón. No pretendo repetir todo lo que Kristian expuso, sino detenerme en una de las verdades que el pasaje puso delante de nosotros y seguir pensando en ella: la generosidad cristiana no comienza en nuestras manos, sino en el evangelio; no comienza con lo que tenemos para dar, sino con lo que Cristo ya nos ha dado.
Pablo comienza este pasaje hablando de la generosidad de las iglesias de Macedonia, pero resulta interesante que no comienza hablando directamente de dinero. Sus primeras palabras son: “Ahora, hermanos, les damos a conocer la gracia de Dios que ha sido dada en las iglesias de Macedonia” (2 Corintios 8:1). Para Pablo, lo verdaderamente sorprendente no era simplemente cuánto habían dado aquellas personas, sino lo que la gracia de Dios había producido en ellas. Su generosidad era la evidencia visible de una transformación mucho más profunda.
Esto resulta todavía más significativo cuando conocemos sus circunstancias. Pablo dice que aquellas iglesias atravesaban “una gran prueba de aflicción” y que vivían en “profunda pobreza”. Humanamente esperaríamos que personas en esas condiciones fueran excusadas de ayudar a otros. Sin embargo, Pablo afirma que, en medio de su aflicción, abundó su gozo y que su profunda pobreza “sobreabundó en la riqueza de su liberalidad”. No eran generosos porque les sobrara; eran generosos porque habían sido alcanzados por la gracia. El evangelio había cambiado la manera en que entendían aquello que poseían.
Esto confronta nuestra manera habitual de pensar. Con frecuencia imaginamos la generosidad como algo que podremos practicar cuando tengamos más: cuando mejore el ingreso, cuando terminemos de pagar ciertas deudas, cuando las circunstancias sean más favorables o cuando finalmente tengamos suficiente para nosotros y todavía quede algo disponible. Los macedonios rompen con esa lógica. La generosidad cristiana no depende primeramente de la abundancia material, porque su fuente se encuentra en otra clase de abundancia: la abundancia de la gracia de Dios.
Pablo incluso señala que dieron “según sus posibilidades, y aun más allá de sus posibilidades”, y que lo hicieron voluntariamente. Más sorprendente todavía es que ellos mismos rogaban por el privilegio de participar en el sostenimiento de los santos. No encontramos aquí a un apóstol persiguiendo a una congregación para convencerla de desprenderse de sus bienes; encontramos a creyentes que habían comprendido que dar no era simplemente perder algo, sino participar en la obra que Dios estaba realizando. La pregunta había dejado de ser solamente “¿cuánto tenemos que dar?” para convertirse en “¿cómo podemos participar?”.
La explicación aparece inmediatamente después: “Primeramente se dieron a sí mismos al Señor” (v. 5). Quizá este sea uno de los principios más importantes de todo el pasaje. Dios no está interesado solamente en nuestras posesiones; nos quiere a nosotros. Antes de hablar de cuánto entregamos de nuestros recursos, debemos hablar de a quién pertenecemos. Cuando una persona comprende que ha sido comprada por Cristo y que su vida pertenece al Señor, también comienza a mirar de otra manera su dinero, su tiempo, su hogar, sus capacidades y todo aquello que posee. Cuando el corazón se entrega a Cristo, las manos comienzan a abrirse.
Por eso Pablo llama a la generosidad una “obra de gracia”. Esta expresión evita que convirtamos el dar en una especie de transacción religiosa. El cristiano no da para comprar el favor de Dios ni para acumular méritos delante de Él. Tampoco da para pagar una deuda espiritual que jamás podría pagar. La dirección del evangelio es exactamente la contraria: no damos para recibir gracia, damos porque hemos recibido gracia. Nuestra generosidad no es la causa del amor de Dios, sino una respuesta a ese amor.
Pablo también señala que esta generosidad permite mostrar “la sinceridad” del amor. Podemos hablar mucho acerca de amar a Dios y a nuestro prójimo, pero tarde o temprano el amor cristiano adquiere formas concretas. En ocasiones será compartir nuestros recursos; en otras, abrir nuestro hogar, disponer de nuestro tiempo, sostener la obra del evangelio, ayudar a alguien que atraviesa una necesidad o sacrificar parte de nuestra comodidad por el bien de otro. La gracia que verdaderamente toca el corazón termina transformando nuestra relación con aquello que tenemos.
Sin embargo, el argumento de Pablo no termina con el ejemplo de los macedonios. Ellos son una evidencia de la gracia, pero no son el fundamento de la generosidad cristiana. Para encontrar ese fundamento Pablo dirige nuestros ojos hacia Cristo: “Porque conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, sin embargo por amor a ustedes se hizo pobre, para que por medio de Su pobreza ustedes llegaran a ser ricos” (v. 9). En esas palabras encontramos el corazón del pasaje y, en realidad, el corazón mismo del evangelio.
Cristo era rico. No se trata simplemente de riqueza material. Él es el Hijo eterno de Dios, poseedor de gloria, majestad y honor; aquel por medio de quien fueron hechas todas las cosas. Sin embargo, por amor a nosotros se hizo pobre. Tomó nuestra humanidad, entró en nuestro mundo, asumió condición de siervo, caminó entre pecadores, fue despreciado y rechazado y finalmente fue llevado a una cruz. Su pobreza no consistió únicamente en haber nacido en circunstancias humildes; alcanza su expresión más profunda cuando el Santo ocupa el lugar de pecadores, el Justo sufre por los injustos y aquel que no conoció pecado carga con nuestro pecado.
Aquí descubrimos que Jesús no vino simplemente para ofrecernos un buen ejemplo de generosidad. Cristo vino para entregarse a sí mismo. La cruz es la demostración definitiva de una gracia que da. El Hijo de Dios no entregó algo que tenía disponible: se entregó a sí mismo por nosotros. Por eso el evangelio no comienza diciéndonos lo que debemos entregar a Dios, sino anunciándonos lo que Dios ha entregado por nosotros.
Pablo afirma que Cristo se hizo pobre para que nosotros llegáramos a ser ricos. Evidentemente no está prometiendo prosperidad económica. Las propias iglesias de Macedonia son prueba suficiente de ello: habían recibido el evangelio y continuaban experimentando pobreza y aflicción. La riqueza de la que habla Pablo es mucho mayor. En Cristo hemos recibido perdón siendo culpables, justicia estando condenados, adopción siendo extraños, vida estando muertos y reconciliación siendo enemigos. Hemos recibido una herencia eterna que no podríamos comprar ni merecer. El cristiano puede abrir sus manos porque en Cristo posee una riqueza que las circunstancias de este mundo no pueden quitarle.
Esta es también la diferencia entre el moralismo y el evangelio. El moralismo simplemente nos dice: “Debes ser más generoso”. El evangelio nos invita primero a mirar cuán generoso ha sido Cristo con nosotros. El moralismo intenta abrir nuestras manos mediante la culpa; el evangelio transforma nuestros corazones mediante la gracia. Cuando comprendemos lo que Cristo ha hecho, la pregunta deja de ser únicamente cuánto debemos dar y comienza a ser cómo podemos vivir después de haber recibido tanto.
No damos para que Cristo nos ame; damos porque Él nos amó. No damos para enriquecernos delante de Dios; damos porque en Cristo hemos sido enriquecidos. No somos generosos para obtener gracia; la generosidad comienza precisamente porque la gracia ya nos alcanzó. Por eso aquella frase que escuché la semana pasada en el sermón de mi querido amigo Christian Tucker sigue siendo digna de meditación: la gracia del evangelio mueve al corazón a la generosidad.
Quizá antes de preguntarnos cuánto estamos dando tendríamos que hacernos una pregunta todavía más profunda: ¿cuánto estamos contemplando la gracia que hemos recibido? Una iglesia que mira continuamente a Cristo inevitablemente comenzará a reflejar algo del carácter de Cristo. Una comunidad maravillada por la gracia será una comunidad generosa, no porque todos tengan mucho, ni porque nunca existan necesidades, ni porque dar siempre resulte sencillo, sino porque conoce a aquel que, siendo rico, se hizo pobre por amor a nosotros, para que por medio de su pobreza nosotros llegáramos a ser ricos.
Al final, nuestras manos abiertas solamente cuentan la historia de un corazón que primero fue alcanzado por la gracia. Nuestra generosidad nunca será el comienzo de la historia. Antes de que nosotros diéramos algo, Cristo se dio a sí mismo. Antes de que nuestras manos se abrieran para compartir con otros, las suyas se abrieron por nosotros. Y aquellas manos fueron clavadas en una cruz.
